Ricardo Martí Fluxá

En memoria de Enrique de Sendagorta

Enrique de Sendagorta (a la izquierda) junto con Ricardo Martín Fluxá (a la derecha).

Enrique de Sendagorta fue uno de los más ilustres ingenieros de su generación. Premio Reino de España a su brillante trayectoria como empresario, fundador de SENER, la gran empresa de ingeniería, y el más completo y profundo humanista que pude conocer. Enrique de Sendagorta mantuvo hasta el final de sus días una enorme viveza de espíritu, una curiosidad intelectual que nunca le abandonó y un ánimo positivo y emprendedor que nos transmitía en todo momento a los que tuvimos la fortuna de conocerle, de tratarle y de compartir con él proyectos y aventuras empresariales y académicas.

Profundamente español y vasco, sintió siempre la proximidad de su tierra natal vizcaína. En su propia aventura vital, excepcional en muchos aspectos, siempre estuvieron presentes valores y principios que interiorizó en su formación, que siempre le acompañaron y que defendió, iluminados con la fe que supo preservar y transmitir.

Tuvo muy claro un propósito: dejar una sociedad mejor que la que un día se encontró. Así, su propia vida profesional se une, por la importancia de su ejecutoria, a la misma historia política y económica de España. No se ha estudiado todavía, con el necesario rigor, lo que supuso para nuestro país el Plan de Estabilización de 1959 y, a partir de 1962, los sucesivos Planes de Desarrollo.

Disfrutar de una conversación con Enrique de Sendagorta nos hacía mejores.

España, gracias a la generación de Enrique de Sendagorta, se convertía en una realidad cada vez menos diferente a la de los países de su entorno. Él insistió siempre en que nuestro país fuera tecnológicamente independiente, buscando caminos para lograr mejorar nuestros productos, ser innovadores y perseguir la excelencia. Dos ideas, dos conceptos, innovación y excelencia, que están en el mismo origen de SENER, compañía que había fundado con su hermano José Manuel en 1956 en un momento en el que no había todavía registrada en España ninguna otra empresa de ingeniería. Fue, según sus palabras, “la empresa de su vida” y a ella dedicó años de esfuerzo y de entusiasmo.

En 1959 fue nombrado director general de Comercio Exterior, en el equipo del Ministro Alberto Ullastres. Al concluir su paso por la política, inició su etapa como consejero y director general de La Naval, empresa en la que había comenzado su andadura profesional. Tanto en el mundo de los astilleros como, más tarde, en Petronor, de la que fue su primer presidente, y en el Banco de Vizcaya, Enrique de Sendagorta nos enseñó algo que luego describió en su libro ‘El afecto a la empresa’ y que puso en práctica al frente del Instituto Empresa y Humanismo de la Universidad de Navarra. Como muchas veces repetía, era imprescindible que lográramos una visión humanista del trabajo situando la dignidad de la persona, la fuerza de las instituciones y el horizonte global como objetivos primordiales. Nos hablaba de la responsabilidad social cuando todavía este concepto no había aparecido en nuestras empresas y tenía claro, y meridiano, que si el progreso económico nos convertía a todos en los engranajes anónimos de una gran máquina, el citado progreso era una promesa vacua y totalmente vacía de contenido. En su idea, para que una empresa pudiera prosperar debía prevalecer el principio de afecto y de comunidad en la visión compartida de unos valores.

A pesar de sus muchos años disfrutaba con el descubrimiento de un nuevo escritor o encontraba nuevos matices en una melodía ya conocida o en la relectura de uno de sus autores favoritos. Disfrutar de una conversación con Enrique de Sendagorta nos hacía mejores, nos motivaba, nos impulsaba a cultivarnos, a trabajar más, a ser innovadores, a compartir en lo material y en lo espiritual. El amor y el afecto fueron una constante en su vida. Amor a su familia, a su mujer, a sus padres, a sus hijos, a sus nietos, a sus hermanos, a sus amigos, a su trabajo.

El recuerdo emocionado que conservaré siempre de Enrique de Sendagorta será el de su sonrisa y de su abrazo fraternal. Como pocas personas, había logrado la difícil ciencia de ser feliz, de engendrar amor y alegría, ya que era consciente de que, sin estos elementos, toda existencia carece, en el fondo, de sentido.

No creo que haya una forma mejor de vivir una vida. Séneca en una de sus cartas a Lucilo dice: “Alteri vivas oportet, si vis tibi vivere”. “Es preciso que vivas para los demás, si quieres vivir para ti”. Así fue la vida de Enrique de Sendagorta.